BALADA NOCTURNA

Tal vez así es como se siente tener el corazón desahuciado. Menguando los suelos e inmune al inocente frío de éste invierno. Sin importarme que la tos invada las habitaciones de he visitado, y la cordillera de mi rostro incomprensible para quien desee un simple gesto. Sé que éste día es más nuevo de lo que parece, pero se ensucia en cada paso que damos. Mi día se ha ido, con la inocencia de las calles, la fiesta en cualquier andén, y el sabor de los hogares dormirá en el congelador una noche más.

La nostalgia que me tiene aquí, la entiendo. Perfectamente la entiendo. Saboreo con mis ojos, desde lejos, la ternura del mundo, y cómo está llegando a su fin, entre opiniones divididas y mal colocadas en el blanco de guerras que no nos pertenecen. Por mi parte, puedo decir, que lo di todo para escuchar al cielo reír sobre tu cuerpo.

Habrás de decirme que las ocupaciones nos vencieron, que la crisis político-económica fue tan grave que no pudimos contra ella. Habrás de decirme que la investigación pasó a ser mi amante, y que tus cabrioles no tenían espacio en mi escritorio. Podrás incluso, usar la carta de las funciones a las que no asistí, por esas reuniones que sabías yo detesto tanto. Sin embargo, aún y cuando nuestro amor fue desvanecido por el mal uso que le dimos al tiempo, eras mi mujer, y lo sabías. Tanto así, que me esperabas cada madrugada de domingo, para escucharme parlotear sobre lo mucho que odio éste sistema seudo democrático, y que un día tomaríamos nuestras maletas, y cumpliría mi sueño de ser poeta a tu lado. Viviendo en hostales con tu ballet y mis letras. Bebiendo vino barato y comiendo sin lujos. Despilfarrando el tiempo en caricias, mordiscos y camas deshechas.

Pero me preparó para llegar hasta aquí. Ni lo que he visto, ni oído en noticieros de amarillismo puro. Tal vez yo lo merecía, pero no tú. Es el precio que se paga por jugar a ser alguien en éste inhumano mundo. Dijeron que perdería personas en el camino, mas nunca pensé que me las arrebatarían. La sangre en esta calle parece hablarme. Escucho como dice “Te quiero. Hoy bailé como nunca”, y mi mano tiembla al tocar estos casquillos hirviendo. No puedo hacer otra cosa que culparme, pues tal vez, de no haber parado en esa vieja biblioteca, habría llegado antes para llevarte a cenar y contemplar tus jugosos labios, que ahora se visten de gris, combinando con el asfalto que esta noche
adornas.

VERDADERO ODIO

     Me siento a la orilla de la cama, con una pierna dentro del pantalón y la otra como queriendo decirme que aún no es hora de andar. Me pongo de pie, y el pantalón cae un poco pues ya comienza a quedarme grande. Debería comer como mi abuela me pedía que lo hiciera. De reojo y aturdido, veo la lucecita del aparato que dormía en el tocador. Hoy no quiero atenderlo. No quiero saber que nadie me necesita en realidad. Descalzo, abro un poco las persianas que me elegiste, las de color hueso. Lo confirmo. Las mañanas siguen igual a como las dejaste, con el sol radiando el asfalto y las nubes navegando en el profundo cielo azul. Huele a polvo, mi sala, huele a olvido. Me hipnotizo con el torbellino que encuentro en mi taza de café, y a lo lejos escucho como no para de sonar el teléfono. Dejaré que suene, no tiene caso, sé muy bien que hoy es a mí a quien le toca recoger al niño después de clases.

Garabateo una página nueva, le lleno de letras sin sentido, con un poema que no es poesía, con unos versos tan huecos como la humanidad del mundo que los noticieros nos permiten ver. Nunca encontrarán hogar mis letras, no uno tan acogedor como tus ojos.

Arrugando el papel lo arrojo a la basura y comienzo de nuevo. Ya pasó una hora y no logro salir de la quinta línea. Tal vez de contador me habría ido mejor, pero tú confiaste en mí, con tu manera dulce y contundente me decías que debía creer en mi talento. Ahora me pregunto si realmente existió ese talento.

Es hora de desayunar y el mediodía parece perfecto para hacerlo. Me apuro escuchando música. Tarareo el be-bop de Parker y enloquezco solitariamente un poco. Leyendo a Girondo suelto suspiros de humor mientras hierven los fideos en mi estufa. Apago el fuego para salir a la calle, con un atuendo escogido para que a nadie se le antoje saludarme (aunque quisiera tener la dicha de saludar a alguien…).

Hace mucho calor, pero no tanto como para dejar de fumar. Mi auto lleva tiempo burlándose de mí, fallando de la refrigeración. Lo que él no sabe es que realmente ya no me importa morir en llamas y mucho menos llegar sudado a las reuniones.

Me estaciono a una cuadra del colegio, no por gusto, sino porque prefiero caminar a soportar la hilera de carros con madres de familia amantes de sonar el claxon. Veo como se ilumina el rostro que creamos y grita -¡Papá, ya llegó mi papá!- corre y se me trepa en los brazos. Sigo sin entender cómo puede emocionarle ver a un tipo como yo.

Aunque sea por una hora, tres días a la semana, soy padre, y éste pequeño que me cree su héroe lo entiende a la perfección. Aprovecha para contarme todas las aventuras que pueda y hacer la pregunta más ocurrente que venga a su mente. De saber que me perdería un milagro como él, al que tengo descaro de llamar “hijo”, jamás te habría puesto una mano encima si no era solamente para desnudarte.

Llegamos a tu nueva casa, en donde tienes todo arreglado y por ningún motivo seré bien recibido. Toco la aldaba, y el pequeño golpea la puerta gritando para que abras porque dice morir de hambre. Espero el hambre sea el único parecido que tenga conmigo.

Escucho tus pasos venir y mi pecho se aprieta. Se mueve el cerrojo y la espera atormentándome. Se abre esa madera y ahí estás, bella en tu vestido de negocios y tu mirada que intenta desconocerme. Te digo con enorme pena que esta semana no reuní lo de la pensión. Parece ya no importarte y hasta me ofreces ayuda por si la necesito. Contesto que no, aunque es obvio la falta que me hace. Te pido un vaso con agua fría para tratar de engañar a los cuarenta grados, esperando afuera como de costumbre. La bebo y toco tus duras manos para entregarte el vaso. Cristalizan mis ojos al saber que me voy de nuevo. –Escribí esto para ti. –Te digo sacando una hoja manchada de mi bolsillo. –¡Vaya! Nunca tienes tiempo para conseguir lo de la pensión, pero para escribir tienes de sobra. –Haces puño tu mano llena de rabia y te despides de mí, con un portazo que duele más de lo que puede doler uno del mismo cielo.

Me veo ahí, hecho nada, como siempre. No tengo a dónde ir, ni a quién querer. Por ti dejé a mi familia y amigos. Y por la poesía te dejé a ti.

Solo me queda decir:

Te odio, poesía.

Solo así yo sé querer.

Te estoy amando al cuidar tu sueño, al saber que mi lugar es ahí donde me tomas como resguardo para tus mayores miedos, esos que solo tú entiendes y yo acepto.

Hay solo un futuro para mí, y tú lo llevas en tus manos llenas de luz que compartes con el mundo.

Y a mí me gusta sentarme a esperar tu regreso, tal vez leyendo un poco mientras fumo, solo para tener algo que contarte, y que no te aburras de este hombre que en más de una ocasión se ha sentido insuficiente para ti.

Te quiero, de la manera más simple y hermosa que puedas conocer.

Cuando después de que terminas de lavar tus ropas, yo las tiendo sin que te des cuenta, porque sé lo mucho que detestas esa parte del día, así es como yo sé quererte.

Comprendí el gusto que tienes de ver atardeceres sobre la ciudad, entre edificios, y aunque tú no sepas, por eso tenemos me esmeré tanto por conseguir apartamento. Tal vez no es el mejor, pero todos los días, cuando te sientas a escuchar tú música frente a la ventana que se pinta color rojizo desde el cuarto para las seis hasta que muere el sol, sé que valió la pena, aunque me digas que trabajo demasiado y que podríamos buscar uno más económico. Yo así te quiero.

Sin saber por qué, te quiero.

Sin interesarme por qué, te quiero.

Yo te quiero, y entenderás lo mucho que te quiero, el día en que te confiese que soy un poco alérgico a los perros, pero me alegra ver cómo te diviertes echándome en las piernas al tuyo, para que juegue con él, y juego, solo para hacerte feliz.

 

 

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Espero, por ti.

Han llegado días que no deseo, que contengo mi sonrisa para no ilusionar al mundo con mi falsa felicidad. No puedo, realmente no puedo. Me siento solo al no poder crearte una sonrisa, y hacer que tus piernas tiemblen. Me muerdo las manos, aprieto los puños para no robarte de tu escondite. No sabes quién eres, ni sabes lo que puedo ser por ti.

Los ruidos de la noche me acompañan. Ya no son los de tu carcajada, ni tus gemidos nocturnos. Ya no es tu cuerpo mi cobijo de la madrugada, y el invierno se podrá acabar pero el frío que dejaste nunca.

Quiero que vuelvas a besar mi mente, con tus ideas, con tus principios, con tu filosofía de vida, con tu elocuencia. Te quiero solo para mí, y nunca lo has logrado entender. Y es que estoy perdido, y no sé de otra manera para encontrar el rumbo, si no es viniéndome contigo.

Mi dientes sueñan en morder tus muslos por las mañanas. No puedo decirles que dejen de hacerlo. Yo también lo sueño.

Te alcanzaré.

Solo las tardes vacías saben de mi estado. De cómo he perdido la habilidad para sentir. De ver un rostro y contemplarlo mientras suena mi melodía favorita en mi cabeza. La he perdido.

Me encuentro en el espejo, con ese hombre al que pensé jamás iba a conocer. Ese hombre desdichado, que apenas y cobra vida en ese opaco cristal, dejándome ver la tristeza que le abunda en sus ojos.

Enciendo un cigarrillo en el parque, en la calle, en el trabajo, en la sala, en la ducha, en el estudio, y dónde sea. El humo se ha vuelto mi única compañía, pues desde que has partido, mis vicios han ido en aumento. Como el alcoholismo. Como el de pensarte.

Y no me alcanza esta vida para superar este recuerdo, tan bello y doloroso en donde bailabas  Rock n’ Roll en calzoncillos, sobre la cama y me invitabas a hacerte compañía. “¿Por qué no bailé?” Me pregunto más que arrepentido.

Hoy ya no estás, y no queda más música para bailar. Ya no quedan noches para convertir en mañanas de ensueño. Dejaste habitaciones vacías, planes por cumplir y lugares por visitar, que no puedo enfrentar de manera solitaria, por temor a ser feliz con tu ausencia reclamándome sobre los hombros.

Pareciera, que te difuminaste como el humo que tanto amo. Por eso fumo, para encontrar tu silueta en ese gris de la humareda. Y fumo más, no por placer, sino por la urgencia de terminar rápidamente con este sufrimiento de vivir, y al fin llegar a ti, donde sea que te encuentres, mi eterna amante.

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Ya no puedo más…

En un paso en falso caí a tus brazos. Me regocijé cual niño lo haría en un montón de hojas otoñales en el suelo. Aún no escapo de tus fotografías. Me siguen las imágenes de nuestras manos unidas caminando en el ocaso para terminar en aquella laguna que alguna vez nos vio hacer el amor sin reparo, y sin decencia.

Les pregunto por ti al vino, al güisqui, al ron y a las cervezas que hacen que me pierda hasta golpear mi orgullo. Les pregunto si realmente fuimos, que no solo es un invento de mi imaginación, pues ya no te veo, y es como si no hubieras existido, aunque te sienta rasgando mi espalda cada que intento conciliar el sueño.

Despierto a medianoche con la almohada entre mis brazos, a la cruda realidad. “¡No está, entiende que no está!” Me digo. El desvelo de mi amor parece eterno, como si creyera que alguien entrará a arropar mis ansias de madrugada, que desde que dejé el cigarrillo se han vuelto muchas, y largas las noches.

Llegan las siete y media de la mañana, me despabilo con el alma aún dormida. La ducha es demasiado fría ahora que no la compartes conmigo. El armario, el espejo, no sirven de nada. Me visto desganado, ya no estás para impresionarte, ya no estás para desvestirme.

Pasa el día sin siquiera sentirlo, y de pronto estoy nuevamente en el sillón, bebiendo con mi soledad, asimilando  los años que han pasado desde tu tormentosa partida. Trato de no ilusionarme con que vuelvas, aunque espero que lo hagas. Esta rutina me está matando, y quisiera que me vieras morir, antes de irme a dormir con la almohada entre mis brazos y ebrio de recuerdos.

Veinticinco “Yo”.

Veinticinco ¿Años? ¿Vidas?

Cinco lustros, un cuarto de siglo.
El sufrimiento de la vida misma,
echándonos en cara que dejamos un año más en el camino.

Me siento joven, realmente lo hago.
Aunque disfruto ver como va muriendo mi juventud y no se detiene.

Que malas han sido mis decisiones,
pero que bello ha sido el aprendizaje que me han dado.

Ojalá estuvieras de vuelta, amor del pasado.
Ojalá volvieras.
Ojalá llegaras, amor futuro,
para darte cuenta de lo mucho que te he esperado.

Me estoy amando.
Hay quienes me admiran, otros me odian,
y yo no hago nada más que hablar con el anciano que vive en mi alma,
y con el niño que habita en mi corazón.

Renazco, florezco,
aunque la lluvia me arruine en ocasiones las tristezas.

Las barbas de mi soledad siguen creciendo.
Me gusta como se ven, como si supieran todo acerca de mí.

Voy a guardarme un tiempo,
tal vez otro veinticinco años,
el miedo que tengo de seguir viviendo.

Paso a paso, mes con mes, voy muriendo, y me da gusto.
Me da gusto saber que muero, y más aún,
que vivir haya valido y seguirá siempre valiendo las penas.