VERDADERO ODIO

     Me siento a la orilla de la cama, con una pierna dentro del pantalón y la otra como queriendo decirme que aún no es hora de andar. Me pongo de pie, y el pantalón cae un poco pues ya comienza a quedarme grande. Debería comer como mi abuela me pedía que lo hiciera. De reojo y aturdido, veo la lucecita del aparato que dormía en el tocador. Hoy no quiero atenderlo. No quiero saber que nadie me necesita en realidad. Descalzo, abro un poco las persianas que me elegiste, las de color hueso. Lo confirmo. Las mañanas siguen igual a como las dejaste, con el sol radiando el asfalto y las nubes navegando en el profundo cielo azul. Huele a polvo, mi sala, huele a olvido. Me hipnotizo con el torbellino que encuentro en mi taza de café, y a lo lejos escucho como no para de sonar el teléfono. Dejaré que suene, no tiene caso, sé muy bien que hoy es a mí a quien le toca recoger al niño después de clases.

Garabateo una página nueva, le lleno de letras sin sentido, con un poema que no es poesía, con unos versos tan huecos como la humanidad del mundo que los noticieros nos permiten ver. Nunca encontrarán hogar mis letras, no uno tan acogedor como tus ojos.

Arrugando el papel lo arrojo a la basura y comienzo de nuevo. Ya pasó una hora y no logro salir de la quinta línea. Tal vez de contador me habría ido mejor, pero tú confiaste en mí, con tu manera dulce y contundente me decías que debía creer en mi talento. Ahora me pregunto si realmente existió ese talento.

Es hora de desayunar y el mediodía parece perfecto para hacerlo. Me apuro escuchando música. Tarareo el be-bop de Parker y enloquezco solitariamente un poco. Leyendo a Girondo suelto suspiros de humor mientras hierven los fideos en mi estufa. Apago el fuego para salir a la calle, con un atuendo escogido para que a nadie se le antoje saludarme (aunque quisiera tener la dicha de saludar a alguien…).

Hace mucho calor, pero no tanto como para dejar de fumar. Mi auto lleva tiempo burlándose de mí, fallando de la refrigeración. Lo que él no sabe es que realmente ya no me importa morir en llamas y mucho menos llegar sudado a las reuniones.

Me estaciono a una cuadra del colegio, no por gusto, sino porque prefiero caminar a soportar la hilera de carros con madres de familia amantes de sonar el claxon. Veo como se ilumina el rostro que creamos y grita -¡Papá, ya llegó mi papá!- corre y se me trepa en los brazos. Sigo sin entender cómo puede emocionarle ver a un tipo como yo.

Aunque sea por una hora, tres días a la semana, soy padre, y éste pequeño que me cree su héroe lo entiende a la perfección. Aprovecha para contarme todas las aventuras que pueda y hacer la pregunta más ocurrente que venga a su mente. De saber que me perdería un milagro como él, al que tengo descaro de llamar “hijo”, jamás te habría puesto una mano encima si no era solamente para desnudarte.

Llegamos a tu nueva casa, en donde tienes todo arreglado y por ningún motivo seré bien recibido. Toco la aldaba, y el pequeño golpea la puerta gritando para que abras porque dice morir de hambre. Espero el hambre sea el único parecido que tenga conmigo.

Escucho tus pasos venir y mi pecho se aprieta. Se mueve el cerrojo y la espera atormentándome. Se abre esa madera y ahí estás, bella en tu vestido de negocios y tu mirada que intenta desconocerme. Te digo con enorme pena que esta semana no reuní lo de la pensión. Parece ya no importarte y hasta me ofreces ayuda por si la necesito. Contesto que no, aunque es obvio la falta que me hace. Te pido un vaso con agua fría para tratar de engañar a los cuarenta grados, esperando afuera como de costumbre. La bebo y toco tus duras manos para entregarte el vaso. Cristalizan mis ojos al saber que me voy de nuevo. –Escribí esto para ti. –Te digo sacando una hoja manchada de mi bolsillo. –¡Vaya! Nunca tienes tiempo para conseguir lo de la pensión, pero para escribir tienes de sobra. –Haces puño tu mano llena de rabia y te despides de mí, con un portazo que duele más de lo que puede doler uno del mismo cielo.

Me veo ahí, hecho nada, como siempre. No tengo a dónde ir, ni a quién querer. Por ti dejé a mi familia y amigos. Y por la poesía te dejé a ti.

Solo me queda decir:

Te odio, poesía.

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