Te alcanzaré.

Solo las tardes vacías saben de mi estado. De cómo he perdido la habilidad para sentir. De ver un rostro y contemplarlo mientras suena mi melodía favorita en mi cabeza. La he perdido.

Me encuentro en el espejo, con ese hombre al que pensé jamás iba a conocer. Ese hombre desdichado, que apenas y cobra vida en ese opaco cristal, dejándome ver la tristeza que le abunda en sus ojos.

Enciendo un cigarrillo en el parque, en la calle, en el trabajo, en la sala, en la ducha, en el estudio, y dónde sea. El humo se ha vuelto mi única compañía, pues desde que has partido, mis vicios han ido en aumento. Como el alcoholismo. Como el de pensarte.

Y no me alcanza esta vida para superar este recuerdo, tan bello y doloroso en donde bailabas  Rock n’ Roll en calzoncillos, sobre la cama y me invitabas a hacerte compañía. “¿Por qué no bailé?” Me pregunto más que arrepentido.

Hoy ya no estás, y no queda más música para bailar. Ya no quedan noches para convertir en mañanas de ensueño. Dejaste habitaciones vacías, planes por cumplir y lugares por visitar, que no puedo enfrentar de manera solitaria, por temor a ser feliz con tu ausencia reclamándome sobre los hombros.

Pareciera, que te difuminaste como el humo que tanto amo. Por eso fumo, para encontrar tu silueta en ese gris de la humareda. Y fumo más, no por placer, sino por la urgencia de terminar rápidamente con este sufrimiento de vivir, y al fin llegar a ti, donde sea que te encuentres, mi eterna amante.

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